-¿NO TE PARECE perfecto? -preguntó Clara, mientras miraba un traje azul de bebé.
-¿Pero te parece práctico? -preguntó Paula.
Su hermanastra suspiró, exasperada, mientras Paula comprobaba la etiqueta para ver si se podía lavar.
-Eso carece de importancia. Es lindo y voy a comprarlo.
-No sé, tal vez deberíamos comprar una de esas prendas tan bonitas...
-¿Bonitas? Prácticas, querrás decir. ¿Nunca haces nada totalmente frívolo, nada de lo que puedas arrepentirte?
Paula se preguntó si enamorarse de un hombre inapropiado encajaría en aquella categoría.
-Está bien. Entonces actuemos de forma totalmente irresponsable y compremos el de color rosa con elefantes.
-¿Y si es niño?
-Crecerá culpando a sus hermanas mayores por lo que pueda pasar a lo largo de su vida.
-Ya que estás aquí, ¿por qué no vas a comprarte ese vestido que te gustaba?
-Porque nunca me lo pondría en público.
Clara la presionó hasta conseguir que entrara en la tienda y por fin se probó el vestido. Era negro y sencillo y Paula pensó que la reacción de su hermana al verla solo era una forma de animarla. Además, no estaba dispuesta a ponerse una prenda que podía caber en su cartera.
-Si juegas bien tus cartas, no es el tipo de vestido que queda bien fuera de un dormitorio. Es perfecto para pases privados -dijo Clara, entre risas.
Paula no quería pensar en ese tipo de cosas porque inmediatamente recordaba a Pedro.
-Vamos a pagar.
-Estás cambiando de conversación, Paula.
-Cierto. Y si queremos encontrar mesa para comer, será mejor que nos demos prisa.
***
Las calles de York estaban llenas de personas que hacían compras de última hora, pero
Incluso entre la multitud llamaban la atención. El hombre pertenecía al escaso grupo de personas a las que no se llevaban por delante en pleno bullicio callejero, y la mujer se beneficiaba de la invisible zona de exclusión que los rodeaba.
-Espera, vamos a comprobar la lista.
La mujer sacó la lista de compras y tachó algunos nombres.
-A mamá le encantará el regalo. Y le gustará aún más si vas a casa en Navidad -continuó ella.
-No me presiones, Cata.
-Tenía que intentarlo. Además, en este mundo pasan cosas aún más extrañas.
Catalina pensó que lo que acababa de decir era tan cierto que su hermano le había pedido que lo ayudara, dos días antes de Navidad, a comprar regalos para la familia. El hecho de que quisiera comprarlos personalmente no solo era extraño: parecía milagroso.
Pero que hubiera elegido York para ir de compras la desconcertaba tanto como lo que había sucedido en su vida para que cambiara de ese modo. A fin de cuentas, él tenía más razones que nadie para detestar las navidades.
-¿Quién es Juan? -preguntó.
—Un niño que conozco.
-¿Cuántos años tiene?
-No lo sé.
-¿No lo sabes?
-No, pero no tiene muchos.
-Sé que tú crees que me resulta fácil ir de compras, pero tienes que ayudarme un poco, Pedro.
-Pensé que te gustaba comprar...
-Tal vez deberíamos detenernos a comer algo.
En aquel momento, Pedro comenzó a andar mucho más deprisa, sin previo aviso. De no haber sido tan alto, su hermana lo habría perdido entre la multitud.
-¿Qué estás haciendo? ¿Adonde vas?
Entonces, Caro vio a una rubia impresionante con un vestido que obviamente era de diseño.
-Es muy atractiva -dijo-, si te gustan las rubias.
Obviamente, a su hermano le gustaban, porque no le hizo ningún caso y se dirigió directamente a ella.
-¿Pero qué haces? Este comportamiento no es normal en ti.
El asombro de Carolina creció aún más
cuando al llegar a la altura de la rubia no solo no se dirigió a ella sino que pasó a su lado y se detuvo junto a una niña que hasta entonces no había visto.
Cuando se acercó un poco más vio que la niña no era una niña sino una joven bastante atractiva, aunque en aquel momento tenía una expresión extraña, como si le hubiera gustado ser invisible. A Cata no le extrañó. Su hermano podía intimidar en ocasiones.
-Hola, Paula, ¿cómo estás?
Carolina observó la expresión de la joven y se maravilló. Tuvo la impresión de que se iba desmayar en cualquier momento.
-Qué sorpresa, Pedro. ¿Qué tal estás?
-Bien -respondió, irritado-. No, miento. No estoy bien en absoluto.
-Bueno, pues no me mires de ese modo. No es culpa mía. No fui yo quien salió huyendo -dijo, mordiéndose el labio inferior.
Catalina notó que la atractiva rubia que la acompañaba contemplaba la escena con tanta curiosidad como ella.
-Hola, soy Catalina -dijo.
-Hola. Yo soy su hermana -dijo la rubia, mirando hacia la joven-. Me llamo Clara.
En aquel momento, Pedro dijo a Paula:
-Necesitaba verte. Tenía que verte.
-Pues ya lo has hecho, así que márchate. Si me sigues, llamaré a la policía. Vamonos, Clara.
-Paula, no puedes marcharte -protestó él-. Tengo que hablar contigo.
-¿Hablar? ¿No temes que haga algo estúpido como ofrecerme a ti incondicionalmente? -preguntó con ironía.
Pedro se quedó sin palabras, sin saber lo que decir.
-¿De qué quieres hablar? -preguntó ella-. No ha cambiado nada. Venga, Clara, vamonos.
Paula se dirigió al salón y abrió la puerta. Pedro no la oyó entrar y a la mujer no le pareció extraño con todo el ruido que estaba armando su familia. Había dejado pasar unos cuantos minutos para tranquilizarse, pero su tranquilidad desapareció en cuanto lo vio de nuevo. Era muy atractivo. Más alto, más guapo y más fuerte de lo que ningún hombre debería ser.
Estaba jugando con el pequeño Juan, que en aquel momento lo estaba tirando del pelo.
-Hola, Pedro. ¿Tu hombro está mejor?
—Sí, mucho mejor -respondió él.
-¡Tía Paula! -exclamó Juan-. Ven a jugar con nosotros.
-Ahora no, Juan. La abuela ya ha llegado. ¿Por qué no vas a verla?
-¿Me ha traído algún regalo?
Paula sonrió y le acarició la cabeza.
-Quién sabe, es posible.
-Entonces voy a verla. Pero no te vayas, Pedro... Paula, puedes quedarte a jugar con él.
Paula se ruborizó ante el inocente comentario del niño, que se marchó enseguida, y Pedro la devoró con la mirada.
-No te preocupes, no voy a jugar contigo -declaró él.
-No me preocupa. Pero si has venido para ser grosero conmigo...
Pedro se metió las manos en los bolsillos del pantalón y la miró.
-¿Has conocido a mi madre? –preguntó ella.
-Sí, es una mujer encantadora. Me imagino que estarás muy contenta ahora que ha vuelto a casa. Me alegro por ti.
-No quiero resultar maleducada, pero ¿qué estás haciendo aquí? No es que no me guste verte, pero...
-Como si no lo supieras.
-Pues no, no lo sé.
-Lo sabes. Lo que no entiendo es qué pretendías ganar con eso.
-¿De qué estás hablando? -preguntó ella.
Pedro se pasó una mano por el pelo y apartó la mirada.
-Si lo que crees que he hecho es tan malo que ni siquiera quieres mirarme, creo que tengo derecho a saber qué es -continuó Paula.
-¿Estás jugando conmigo? Está bien, juguemos entonces.
Paula se estremeció. Estaba delante del hombre que deseaba y el sonido de su voz bastaba para volverla loca. Sin embargo, él la estaba tratando como si fuera su peor enemigo y no sabía por qué. No podía creer que se comportara de aquella forma solo porque le había dicho que se había enamorado de él, así que puso los brazos en jarras y lo miró, dispuesto a enfrentarlo.
-No me hables en ese tono -dijo.
-¿Y en qué tono esperas que te hable después de contarle esa ridícula historia a la prensa?
-¿Qué historia?
Pedro sacó un periódico del bolsillo y se lo enseñó.
-Supongo que tú también tienes uno.
¿Qué pretendías? ¿Ver tu nombre en un periódico?
-Mira, Pedro, por mí puedes seguir acusándome de lo que quieras, pero no llegaremos a ninguna parte. Y si crees que vas a conseguir intimidarme, te equivocas.
-Hablaste con la prensa y les dijiste que nos habíamos casado.
-No seas estúpido...
-¿Tienes idea de lo que has hecho? He estado tres cuartos de hora intentando convencer a mi madre de que esa historia era mentira. Y en cuanto a mi hermana, se empeñó en darme el número de teléfono del diseñador que le hizo su vestido de novia.
Paula rio. No era lo más apropiado en ese momento, pero no pudo evitarlo. Tomó el periódico y lo leyó.
-Ahora comprendo que estés enfadado. Ni siquiera has salido en portada. Y en cuanto a mí, no se puede decir que haya salido muy favorecida. Pero la culpa es tuya.
-¿Mía?
-Eres tú quien has venido aquí con esa estúpida historia, aunque es más que evidente, después de leer el artículo, que la culpable ha sido aquella chica del hospital. La recepcionista. Obviamente, te reconoció...
-¿Estás diciendo que la recepcionista del hospital filtró la historia que yo mismo me inventé a la prensa?
Paula se encogió de hombros.
-Yo diría que es mejor candidata que yo. Si hubiera querido cinco minutos de fama, habría encontrado un método más adecuado.
Pedro permaneció en silencio, intentando asimilar lo sucedido.
-Ya veo que he metido la pata...
-Sí. Y has sido grosero e insultante.
-Supongo que te debo una disculpa.
-No estaría mal. Te había tomado por un hombre inteligente. Yo no tengo razón alguna para inventarme una historia. Y por si no lo recuerdas, fuiste tú quien te inventaste esa tontería de que yo era tu esposa.
-Pensaba que era lo que querías. Tal y como has planteado nuestra relación, todo se limita a que no te acostarás conmigo si no nos casamos.
-Me limité a decirte lo que sentía, nada más. Solo quiero una relación donde las dos partes estén abiertas a cualquier posibilidad. ¿Tan terrible te parece? En mi opinión, te estás comportando como un cobarde.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Entiendo que amabas a tu esposa y sé que lo ocurrido fue terrible para ti. Pero la lealtad a su recuerdo no quiere decir que no puedas amar a otras personas.
-¿Tú crees?
-Sí. Tienes miedo de que te vuelvan a hacer daño. Es normal que te sientas inseguro, pero...
-De modo que te parece un simple caso de cobardía -la interrumpió.
-Pedro, después de la experiencia que tuve con Miguel, podía haber decidido que todos los hombres eran iguales y haber preferido desconfiar de ellos. Pero no lo hice.
-Oh, claro, eres un gran ejemplo para todos. Sin embargo, yo diría que aquí sucede una cosa bien diferente. Tienes miedo de tus propios deseos sexuales y te obligas a ocultarlos tras palabras socialmente aceptables como «amor» y «relación».
-¿Sabes una cosa? Lo siento mucho -dijo ella, indignada.
-¿Qué es lo que sientes?
-Siento no haber filtrado yo esa historia a la prensa. Si lo hubiera hecho, al menos tendrías una buena razón para que yo no te gustara. Y eso sería muy conveniente para ti, ¿verdad, Pedro?
-No me gustas.
-Mientes. Te gusto. Y creo que tienes miedo porque sabes que te podría gustar aún más. Por eso te marchaste de la ciudad.
-¿De qué ciudad? -preguntó, divertido.
-Era una forma de hablar.
-¿Siempre te has considerado irresistible?
Ella rió.
-¿Irresistible? ¿Después de haber crecido con una hermana como Clara? No bromees.
-Clara es una jovencita. Tú eres una mujer.
-Pedro...
Pedro puso las manos sobre sus hombros y la miró.
-Hay algo en lo que tienes razón, Paula. Una mujer como tú no tendría futuro con un hombre como yo.
-¿Una mujer como yo?
-Una mujer cálida, generosa, dulce...
-Si soy todo eso que dices, ¿por qué me besaste? -preguntó ella, con voz suave.
-Porque carezco de ética -respondió, mirándola con deseo-. Y porque tienes la boca más sensual del mundo.
-¿En serio?
-Sabes que sí.
Pedro la besó entonces apasionadamente.
Después, pasó un brazo por detrás de su cintura y la atrajo hacia él.
-No puedo darte lo que quieres, Paula.
Ella negó con la cabeza, negándose a escucharlo, y lo besó a su vez.
-Pero puedes darme algunas de las cosas que quiero.
-Paula, déjalo ya...
-¿Por que has dejado de besarme? -preguntó, enfadada.
-Porque tú no quieres que te bese. No tengo intención de casarme y ya has dicho que soy un saco de problemas emocionales. ¿Recuerdas?
-¿Y qué pasaría si a mí no me importara? ¿Qué pasaría si quisiera ser tu amante?
—No quieres serlo, Paula.
-Sí quiero, pero también quiero que mantengamos una relación duradera y tú no estás dispuesto a eso.
-Es posible que tengas razón.
-Será mejor que te marches ahora. Hablaré con Juan y le diré que te has tenido que marchar.
-Es un gran chico -dijo él, mientras caminaba hacia la puerta.
Sin embargo, antes de que pudiera marcharse, apareció la abuela de Paula.
-Así que este es tu novio...
-Te presento a Pedro Alfonso, abuela. Pero no es mi novio. Pedro, te presento a mi abuela.
-Encantado de conocerla, señora...
-Prue -respondió Prudencia, mientras le estrechaba la mano-. Por la forma en la que un hombre estrecha la mano se pueden saber muchas cosas.
-Pedro estaba a punto de marcharse, abuela.
-He leído el artículo que escribió en el Economist. Me pareció muy interesante -dijo la mujer-. Aunque creo que no era muy realista al afirmar que...
-Abuela... -protestó Paula.
-Vamos, Paula, no tengo ocasión muy a menudo de hablar con alguien con quien...
-Discúlpeme, Prue -la interrumpió Pedro-, pero Paula tiene razón. Debo marcharme. Conocerla ha sido un placer.
Cuando se marchó, Prudencia preguntó a su nieta:
-¿Siempre es tan brusco?
-Solo cuando tiene que librarse del amor de mujeres estúpidas -respondió ella, antes de excusarse y desaparecer
Pedro se estaba limpiando los dientes en la suite del ático del hotel, que había conseguido reservar gracias a una cancelación de última hora. Cuando salió, se dirigió al vestíbulo del establecimiento.
-Espero que todo esté bien, señor -dijo el ayudante del director.
-Sí, todo está perfectamente.
-¿Su esposa piensa...?
-No estoy casado.
Tal vez fuera que sus oídos estaban demasiado sensibles, pero cuanto más lo repetía, menos creía sus propias palabras. Pero llevaba toda la mañana intentando convencer, primero a su madre y después a su hermana, de que no se había casado con nadie. Y supuso que el resto de su familia también lo habría llamado de no haber sido porque dio órdenes expresas de que no lo molestaran más.
No sabía qué era peor, si su decepción inicial al acusarlo de haberse casado sin haberles contado nada, o su decepción al saber que no se había casado y que todo eran mentiras de la prensa. Pero la culpa era suya. En un momento de debilidad, había llamado a su familia para decirles dónde estaba, quizá empujado por las absurdas e idealistas ideas de Paula Chaves acerca de la familia.
-No, señor, claro que no -dijo el empleado del hotel.
Sin embargo, el hombre clavó la vista en el titular del periódico que Pedro llevaba en el bolsillo, y que decía así:
El multimillonario dueño del Imperio Alfonso se casa en secreto. Los recién casados, involucrados en un accidente.
-¡Maldita sea! -exclamó Pedro al salir del hotel.
-¿Adonde vamos, jefe? -preguntó su chófer.
-A ninguna parte. Iré yo solo.
-Pero su brazo...
-Está perfectamente.
-Si usted lo dice...
-En efecto, yo lo digo. Tómate libres las navidades.
-Muchas gracias.
-Ah, Andy, una cosa más. Cuando estés conmigo, haz el favor de comprar otro periódico -dijo, mientras dejaba el diario en el coche.
-¿Quiere eso decir que ya no conseguiré el trabajo con su madre?
-¿Tan vengativo crees que soy? No, mejor no contestes a eso.
-No iba a contestar.
-Si consigues el puesto, el trabajo es tuyo -dijo Pedro al chófer, antes de poner en marcha el vehículo.
Se dirigía a ver a Paula Chaves, enfadado.
Hasta cierto punto, estaba acostumbrado a que sus conocidos filtraran noticias a la prensa, pero aquello era demasiado y por otra parte nunca habría imaginado que aquella mujer de ojos azules pudiera traicionarlo así. Había creído en ella. Incluso la había creído cuando dijo que estaba enamorada de él, y desde entonces no había tenido un minuto de paz.
No podía creer que le hubiera contado una historia como aquella a la prensa. No tenía sentido, pero pensó que tal vez estaba tan enfadada que había sido una forma de vengarse de él.
En cualquier caso, estaba decidido a averiguarlo a toda costa.
****
-No sé cuál era problema. Muchas mujeres tienen niños después de cumplir los cuarenta.
-Es cierto, abuela -dijo Paula.
-Si alguien me hubiera pedido consejo. Pero claro, no lo hicieron.
-Abuela, no le des más vueltas al asunto. Intenta recobrar un poco de espíritu navideño.
La mujer, que no era precisamente una anciana estricta, sonrió.
-Jovencita, en mi época la gente no se atrevía a hablar así a sus mayores. Siempre teníamos miedo de sobrepasarnos.
Todo el clan familiar, menos el pequeño Juan, que estaba durmiendo, se había acercado para ver a Prudencia Emery. Era una de esas ruidosas ocasiones en las que la anciana siempre criticaba la decoración de alguna habitación o se burlaba de Nico diciéndole que estaba perdiendo pelo.
Aprovechando el jaleo, Carolina se llevó a su hija a un aparte y dijo:
-Tienes visita, Paula. Te está esperando en el salón.
-¿Quién? ¿Es él?
Su madre no dijo nada y ella intentó mantener la compostura. No había razón alguna para creer que el visitante fuera Pedro. E incluso aunque fuera él, no significaba que estuviera allí por ninguna razón importante.
-¿Quién es? ¿Es alguien especial? -volvió a preguntar.
-Eso tendrías que decirlo tú.
-Oh, vamos...
-Me sorprendería que no fuera especial para alguien.
-Y dime, madre, ¿esa persona es especial para alguien en concreto? -preguntó, harta de sus juegos.
-Es el caballero que se estuvo alojando en la vieja mansión. Pedro. Un hombre encantador, por cierto.
-¿Y no podrías decirle que no estoy, mamá? -preguntó-. No, claro, tú no harías eso... Está bien, iré.